Hubo un momento, en algún punto de las arduas semanas posteriores a Doha, cuando Jannik Sinner y su equipo tomaron una decisión. No fue una decisión drástica, ni una reunión de crisis, ni una revisión radical, sino el tipo de elección deliberada y metódica que ha llegado a definir cómo opera el número 1 del mundo. Trabajarían. Quizás más duro que nunca. O tan duro como lo habían hecho. Y confiarían en el proceso.
